Xelos

Fue por aquellos años cuando soñó una máquina para borrar mujeres vistosas y terminó desapareciendo.

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Ver-dá

Como aumentan exponencialmente los rincones segmentarios a medida que a un barrio le paren manzanas, y aceptando que la ubicuidad no se encuentra escarbando en el botiquín; es imprescindible respirar la realidad masticada para acercarse a descifrar la ciudad.

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À-le-Teo papel.

El jefe entró en la oficina con su usual retahíla de huracanes, y su voz perturba-calmas. Tenía un papel en la mano, con muchas filas y pocas columnas, indicando rápidamente que muchas cosas o personas cumplían algún criterio uniforme, ágil, y correcto como los que le gustan a los archivos. Dijo, atiendan acá, y se detuvo mirando a su derecha estudiando un desconocido. ¿Usted espera a alguien? -Sí, espero a Fidel-. Fidel era quien atendía clientes de otras empresas, y a esas horas estaría el baño o merendando por ahí, que también tiene derecho. El jefe dudó un momento y empezó a lo que venía.

Habló de compromiso, de esta empresa y lo que se espera de nosotros, del trabajo que nosotros hacemos, de la confianza, del Internet cableado a nuestras computadoras. Mencionó los incidentes, ensayó la palabra grupúsculo, y dijo, no se trata de dar golpes, ni que griten, es para que llegado el momento estén ahí. Silencio de algunos segundos, yo atónito. Pensé en los testimonios, en mis padres “Si te preguntan tú di que sí”, en los cuentos httpés, en el muro de Berlín… -¿Tu vas a pasar ese papel para que nosotros lo firmemos?- atiné a decir. No, no hace falta, cualquier duda me van a ver a mi oficina. Y se escabulló entre las preguntas por lo bajo de otros; mirando, me pareció, al desconocido.

Entonces me quedó bastante claro que no iría a hacer eso que decía ese papel, que a su vez decía otro papel, que decía otro, que estaba grabado en la mente de ciertos poderes, empecinados en escribir las noticias a su manera. Entendí porqué no me lo habían dado a firmar: es más fácil no firmar, que exigir que te quiten de una lista donde por defecto están todos. En el papel la masa estaba otra vez de acuerdo. Fui consciente del aleteo de la historia.

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y reversible

Tiene muchas formas de llamarse limpio, cómodo, culto, civilizado. Vive en el fondo de un océano de aire entre una pequeña porción de monumentos reemplazables. Encuentra sus columnas a las que la humedad mordisquea de a poco, y termina por rendir exhausta un mediodía sin viento, o una tarde oscura de gruesas gotas. Cuando esta entropía ambiental arrasa, le llama ‘época’, sino, es simplemente tiempo.

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Mi prima-selva

A la mente me viene el episodio de las almendras. Era yo un niño en el patio de la casa, que antes era más grande de lo que es hoy, y jugaba a imaginarme en medio de una selva como había visto en alguna película. Claro que lograrlo con el mayor verismo posible era un acto de suma destreza: tenía que conseguir, desde donde me colocara; ver solo verde,… verde, verde, de “selva profunda y tupida”. Por eso muchas veces terminaba metido hasta el cuello entre la zarza, y me pasaba buen rato acordándome… por la picazón.

Un día vino un tío y distraídamente sacó una almendra de entre la hojarasca. La rompió con una piedra y ante mi estupefacción, se comió lo que había dentro. Además de que tuvo que hacerlo varias veces para que yo me convenciera que no me estaba metiendo “tupe”, necesitó hacer maravillas para que me lo comiera yo mismo. “Pero es que aquí no hay ninguna mata de almendras”- le dije. “verdad…, lo traen los murciélagos y los pájaros”.

A partir de entonces la idea del “nativo a ratos” viviendo en la selva, se acercó muchísimo. Me alimentaba de lo que recogía entre un colchón de hojas secas, de lo que traían los animales silvestres, las abría con una piedra, como hubiera hecho un cavernícola que se respete, y encima, me gustaba. No tardaron mucho en escasear, seguramente debido a que el ritmo en que yo me las comía era mucho mayor al que los traían la fauna de mi selva. Tampoco era lo mismo la centésima vez.

Así, la vida de mi ilusión “selvática” no resistió la persistencia de mis muy repetidas “incursiones”.

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Reggae-ropa

Un reguero que se respete, cambia con el tiempo, se complejiza, no solo pacientemente con el polvo de los rincones, que se cuela por las ventanas; sino que adquiere nuevos pliegues, otras posturas que sugieren monstruos a veces, a veces solo es reguero monstruoso. Me imagino que suceda como con las canciones, en ocasiones me deprime un poco, otras me rio a carcajadas de él, como un loco, […] diciéndome “verda’ que me pongo del carajo…!!” Cuando me entristece lo recojo; pero cuando me divierte, le doy mi modesta contribución: un libro, un pulóver, o un calzoncillo…

Me imagino que tu reguero no es tan radical y anárquico, me imagino un reguero rosa, timorato, de los que se sienten desolados entre tanto orden; triste de poder ser catalogado todavía de descuido…

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Ex-tracto ciudad-ano

Un enojado salió a quejarse de sus malas digestiones,
fatalidad de corregir medievalmente
y encontrándose una ventana entre móviles balcones
lanzó su recado íntimo hacia la ‘otra’ gente

Pues sí, sucedió el otro día. El transporte que nos lleva desde cierto punto de la ciudad hasta el trabajo fue asaltado con toda la sorpresa y contundencia del flato-producto, del rincón oscuro, del “pote”. Los testigos dieron cuenta de unos labios carmelitas, que mala suerte. Ahora cuando mis colegas pasan por ahí no hace falta santo, ni seña ni nada: todos ponen al máximo el largo de los cristales.

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