El jefe entró en la oficina con su usual retahíla de huracanes, y su voz perturba-calmas. Tenía un papel en la mano, con muchas filas y pocas columnas, indicando rápidamente que muchas cosas o personas cumplían algún criterio uniforme, ágil, y correcto como los que le gustan a los archivos. Dijo, atiendan acá, y se detuvo mirando a su derecha estudiando un desconocido. ¿Usted espera a alguien? -Sí, espero a Fidel-. Fidel era quien atendía clientes de otras empresas, y a esas horas estaría el baño o merendando por ahí, que también tiene derecho. El jefe dudó un momento y empezó a lo que venía.
Habló de compromiso, de esta empresa y lo que se espera de nosotros, del trabajo que nosotros hacemos, de la confianza, del Internet cableado a nuestras computadoras. Mencionó los incidentes, ensayó la palabra grupúsculo, y dijo, no se trata de dar golpes, ni que griten, es para que llegado el momento estén ahí. Silencio de algunos segundos, yo atónito. Pensé en los testimonios, en mis padres “Si te preguntan tú di que sí”, en los cuentos httpés, en el muro de Berlín… -¿Tu vas a pasar ese papel para que nosotros lo firmemos?- atiné a decir. No, no hace falta, cualquier duda me van a ver a mi oficina. Y se escabulló entre las preguntas por lo bajo de otros; mirando, me pareció, al desconocido.
Entonces me quedó bastante claro que no iría a hacer eso que decía ese papel, que a su vez decía otro papel, que decía otro, que estaba grabado en la mente de ciertos poderes, empecinados en escribir las noticias a su manera. Entendí porqué no me lo habían dado a firmar: es más fácil no firmar, que exigir que te quiten de una lista donde por defecto están todos. En el papel la masa estaba otra vez de acuerdo. Fui consciente del aleteo de la historia.
ño, duro chama.
involuntariamente convertirse
en el compañero confiable